Les presento el segundo cuento que participó en el concurso de Palabras Autónomas, en esta ocasión la creación de este cuento requirió definir un marco conceptual que justifica algunos de los fenómenos y situaciones que se presentan. La creación de ese marco conceptual fue un ejercicio propio para asegurar la coherencia del cuento. Este marco no se encuentra explícitamente demarcado en el cuento, ya que sus personajes sólo podrían adivinar lo que ocurrió en él.
Equinoccio
You raise up your head,
And you ask, is this where it is?
And somebody points to you and say its his
Ballad of a thin man, Bob Dylan
Golpeó de nuevo los barrotes mientras maldecía gritando hacia el pasillo de su celda. El eco del estruendo recorrió todo el pasillo y se reflejo varias veces por todo el lugar, escuchó inmediatamente los pasos de las botas de la guarda de turno aproximándose. La guarda vociferó una amenaza afuera de los barrotes mientras con su bolillo los golpeaba fuertemente. Tomás se limitó a recostarse en su catre y sonreír. Al principio había intentado consolarse comentándose a sí mismo que todo era una equivocación, que naturalmente él era inocente y que encontrarse allí era un mero juego del azar y que en cuestión de pocas semanas se solucionaría todo. Ahora le parecían muy lejanos esos días. Estaba encerrado allí porque alguien lo necesitaba para salvar su propio cuello. “Maldita desgraciada” pensó “Si algún día salgo, ella será la primera en pagarme todo lo que me han hecho en este lugar, y luego iré a buscar a los infelices que me utilizaron para cuidar sus propias espaldas” El hombre volvió a sonreir y empezó a silbar una melodía que recordaba a medias. La débil luz de la luna que entraba a la celda, iluminaba su piel morena y hacía resplandecer su sonrisa.
Una gota de sudor rodó por su frente, arriba, el sol calcinante descendía sobre los hombros de Luis a la salida de la estación. Indiferente e incluso alegre por el clima inclemente sobre su cabeza continuaba interpretando su canción en el saxo con sus ojos cerrados. A ambos lados continuaba el constante y anónimo flujo de personas coloridas y ocasionalmente una moneda caía sobre el recipiente que tenía el hombre para recoger sus monedas. A pesar de tener sus ojos cerrados y estar profundamente sumido en la interpretación de su canción sintió que era observado por alguien fijamente. Antes de abrir sus ojos para comprobar de quién se trataba imaginó algún empleado de la empresa de transporte que quizás había recibido queja de algún insípido transeúnte o incluso algún policía molestando con las paranoicas e inútiles requisas. Sin embargo, al abrir sus ojos vio a una mujer delgada y de cabello castaño que tenía sus ojos fijos en él. La mujer al ver que él había abierto los ojos pareció turbarse y mientras pronunció un torpe saludo, él alcanzó a observar como sus mejilla se ruborizaban un poco.
Francisco cerró la puerta detrás suyo con un rápido movimiento e ingresó a su apartamento y se dirigió a la cocina. Empezó a preparar su hookah y mientras lo hacía miró la pantalla de su celular, no había ninguna llamada o mensaje reciente. “Parece ser que esta vez es definitivo” pensó mientras abría el grifo de agua para la hookah. Eventualmente había imaginado que terminaría justamente así, que ese atardecer a través de sus ventanas no sería sólo un evento repetido y simple que marcaba el final de un día, sino como un símbolo de una serie de decisiones que había tomado en el pasado y que ahora parecían cernirse sobre él. Casi se rio de la forma cómo iba desencadenándose todo a su alrededor, como si desde el principio supiera que ese sería su destino y ahora simplemente se limitara a jugar en el papel que le había sido destinado. Fácil pensarlo aceptarlo de esa manera, pero algo en su interior se inquietaba al revisar su situación actual y lo precario que parecía ser su futuro en ese momento. Los carbones brillaron en la estufa y Francisco los bajo para ponerlos sobre la cerámica. En ese momento sonó su celular.
Lo atraía la idea de que el sufrimiento podría unir a los hombres, había discutido sobre ese tema con su compañero de celda durante las interminables horas de prisión. Ahora, en medio de la humedad de su celda y la inexplicada ausencia de su compañero, que seguramente sería reemplazado prontamente, se reía de sus propias ideas. Al parecer no eran más que el fruto de los anhelos de un reo que en medio de ese aislamiento y tedio pretendía aún pertenecer a una comunidad que conviviera con él en el silencio, en la insoldable oscuridad de las otras celdas e incluso en alguna melodía distraída que los inflexibles guardas entonaran a la luz de esa luna. Se acercó al improvisado cajón donde guardaba sus cosas y extrajo de allí su vieja harmónica. Le gustaba tocarla un poco antes de dormir. Ya se había acostumbrado a su sonido un poco ronco y cansado producto de muchos meses sufriendo la humedad del lugar y el óxido que increíblemente parecía ganar terreno día a día, imaginaba que lo mismo ocurría con su alma en ese lugar, poco a poco cedía ante una presión invisible, insoldable, escondida en las sombras del atardecer que recorrían los altos muros del lugar y poco a poco dejaban huellas, quizás imborrables, en su rostro.
En el silencio de su elevado apartamento, el único sonido que reinaba era el burbujear del agua en la hookah. Cerrando sus ojos se concentró en como su propia respiración iluminaba los carbones y como el humo descendía lentamente por su garganta para reposar tibiamente en su cuerpo. Recordó el rostro de ella unas horas atrás, las lágrimas descendiendo por su mejilla y sus palabras en el teléfono hace unos instantes. Observó el ocaso a través de la ventana, el sol rojizo, desprendía sus últimas luces sobre las calles y edificios de la ciudad. Su tono de voz había cambiado mucho en su última llamada —pensó mientras se incorporaba— ella rápidamente lo estaba asimilando todo y lo que antes intuía como tristeza en su voz ahora parecía ser resignación y rabia. En medio de su solead casi se alegró de escuchar el timbre en su puerta.
Contó las monedas de su recipiente y mientras las guardaba una sombra a sus pies llamó su atención. La mujer delgada lo miraba con una sonrisa y dos vasos en su mano. Sonriendo recibió uno de ellos y mientras lo hacía miraba con verdadera alegría los labios sonrientes de la mujer. Se sentaron cerca a una fuente y se limitaron a escuchar el sonido del agua por unos segundos.
—No sé si le digan esto muy a menudo, pero su melodía en esa calle parece un poco al sonido de esta fuente— Dijo la mujer lentamente, tratando de romper la barrera que hay entre dos personas completamente desconocidas
—¿Cómo la fuente eh? —Repitió Luis en un tono un poco altanero —Casi, pero existe una diferencia entre los dos, la fuente fue puesta aquí, mientras yo escogí ese lugar para tocar, escogí mi melodía y empecé a tocar; a decir verdad siento un poco de pena por esa fuente condenada a un solo sitio en medio de este enorme lugar.
—¿Pero, en caso de no hacerlo usted de qué viviría?
—¿Vivir? Muchas personas son tan desafortunadas que viven de sus trabajos, mi saxo no sólo es un medio para subsistir, también es la fuente de mi felicidad en medio de este caos gris y soleado.
—No lo entiendo —repitió ella — ¿Está usted diciendo que es afortunado en medio de todo esto?
—Podría explicárselo con palabras, pero resultaría torpe e incomprensible, permítame tocar una canción para usted.
Dejó de tocar por un momento y miro por unos instantes el pasillo. Poco a poco comenzaba a recordar la melodía, eso lo hizo alegrarse profundamente. Su lucha al interior de esa celda no era solamente una lucha contra la soledad, sino también una lucha contra el olvido. Si aún podía recordar esa canción, aún conservaba una parte de sí mismo intacta, una parte que quizás lograra establecer ese puente en el que pensaba hace unos momentos. Quizás mientras tocaba lograría encontrar esa puerta perdida que no podía verse, que no podía tocarse y que tan sólo podía vislumbrar en sueños. Sentía viva su condición de prisionero y su deseo de libertad se convirtió en aire en sus pulmones y ese aire empezó a ascender por sus pulmones y entonó con verdadera ahínco, casi con alegría su melodía. Los suaves sonidos inundaron los pasillos y esta vez, por primera vez en muchas noches, la guarda parecía no inmutarse por el sonido de la harmónica. Sintió la harmónica caliente y viva entre sus manos, sintió como si la cárcel a su alrededor se derrumbara y una luz hermosa comenzara a inundar el lugar a envolverlo mientras entonaba su canción y sus oídos no solamente escuchaban la música, sino que la respiraban y bebían de ella como un oasis en medio de un desierto, deseó que ese momento no terminara nunca, sintió que si su vida terminara en ese preciso instante, reiría a carcajadas por toda la eternidad. Una delgada lágrima comenzó a descender por su mejilla.
Carlos no comprendía, simplemente era inevitable. Aún ardían los carbones en la hookah y se sentó de nuevo en el sillón. En aquel instante su amigo debería estar alejándose de allí maldiciéndolo. Pero no importaba ahora, había dedicado su vida a erigir esa torre y no iba a permitir que se derrumbara por las circunstancias. Incluso si para protegerla hubiera tenido que aceptar la oferta de aquel hombre, hubiera tenido que aceptar aquel dinero manchado de sangre que salvaría su empresa. Ellos no habían sentido su dolor e impotencia al ver como poco a poco se desvanecía su sueño, ellos no habían vivido las noches de desesperación que había sentido él después de las frustrantes reuniones con sus socios, después de las conversaciones con los malditos banqueros, ellos no podían entenderlo y por eso le recriminaban lo que hacía; tal y como había pensado hace mucho tiempo, tendría que continuar su camino en soledad. Pero no importaba, estaba convencido que así estaba sellado su destino y pensaba cumplirlo cabalmente. Tomó la manguera de su hookah y empezó a aspirar de nuevo. Desde el interior de la pecera de agua se formaba el humo que ahora descendía por sus pulmones a través de la manguera. Desde ese interior transparente se forjaba el aire que respiraba y sentía que entraba en comunión con su hookah, imaginaba que con ella cerraba un ritual que lo purificaba y le permitía avanzar. La manguera parecía arder en sus manos y él sentía que escapaba en el humo que salía por la ventana que Carlos había abierto. Le pareció que podría ser libre ahora que se libraba de la carga de sus amigos para sellar su destino. Miró hacia el cielo y observó un bellísimo color púrpura que envolvía todo su ser. Se sintió completamente feliz en esos instantes, completamente lleno de una vitalidad que nunca había imaginado. Se sorprendió en ese momento al escuchar una nota horrible proveniente de una harmónica, casi grito de terror al sentir que era él quien tocaba esa nota y que en sus manos tenía un instrumento que nunca había tocado, se arrojó desesperado contra los barrotes y los golpeó con sus manos, gritaba frenéticamente, mientras golpeaba los barrotes y sus gritos se ahogaban ahora en un llanto entrecortado. Unos pasos de botas se acercaban por el pasillo y lo inundó un profundo terror.
Mientras tanto, en algún punto inalcanzable de la realidad para Francisco un hombre moreno le sonreía a una mujer al lado de una fuente. La mujer lo miró extrañada y él reconoció en ella al rostro de su guarda, sonrió mientras arrojaba el saxo al suelo y cerraba sus puños en el cuello de aquella mujer.
