Han sido días tensos, en medio de la realización de mi informe final de tesis me ha sido complejo escribir, mucha ingeniería, demasiado código que me temo puede llegar a cercenar algunas ideas que rondan mi cabeza. Sin embargo, hoy por fin recibí algo que esperaba hace bastante, son dos cuentos escritos en el 2008 para una versión del concurso literario de palabras autónomas. Por las mismas razones mencionadas anteriormente no participé en esta versión.
Considero que mi literatura no debe ser buena, aún estoy muy joven en este oficio y claro, también en la vida como para hacer algo decente y Andrés Caicedo? El tipo es punto aparte, estaba obsesionado…él es un genio. Sin embargo este es uno de los cuentos que más me gusta, uno de mis favoritos, juzguen ustedes.
Por cierto, cuando creaba al personaje femenino se me vino a la mente el personaje de Alejandra Vidal, de una novela de Ernesto Sábato, lo de enfermera debió ser una casualidad, algo asociado con esa temporada, el otro cuento para el concurso “Ïnocentes” también tiene a una enfermera, casualidades dicen algunos.
Desencuentros
Desencuentros
Al principio se cree que matar es algo divino, privilegiado. Profanar la sagrada ley, palpar todo el valor de la vida con una mano, observar un poco a la víctima mientras disfruta el precioso regalo por sus últimos instantes, todo eso gracias a nosotros. Todo eso lo hace sentir a uno poderoso, invencible, como si una oscura misión nos fuera encomendada por quién sabe qué fuerza del destino. Por esa creencia muchos han caído, el orgullo les ha pesado tanto que mientras lo sostenía, les han disparado por la espalda, o la policía ha hecho de las suyas con ellos, conocí casos de cerca. Jóvenes como yo, defraudados de una sociedad que arroja todo su lodo sobre nosotros y encima se caga de la risa y nos inculpa. Jóvenes que ante la posibilidad de responder contra todo eso y un arma en la mano no han reaccionado de la forma esperada.
Pero todo eso al principio, luego hay una coraza que lo cubre a uno, un dolor que le enseña. Se pierde el encanto de todo, pero se gana frialdad, se comprende que después de todo, esto es un negocio. Si se sobrevive hasta ese tiempo, todo puede marchar bien, los tipos dejan de ser humanos para convertirse en clientes, o sujetos o como los quiera llamar. Como puede ver, llevo algún tiempo ejerciendo, aquí se aprende el valor de la vida, de la familia, por eso toca aislarse, renunciar a algunas cosas ¿Y por qué no? Esconderse.
Me asomo con precaución a la ventana. La calle completamente desierta en medio de esta horrible noche, no hay una sola señal que indique que se aproximan. “No, quizás tarden más en encontrarme”. El gordo amarrado a la silla sigue mis movimientos con desesperación, con miedo, antes, en otros momentos, me habría alegrado esa mirada de terror, pero ahora no, porque este es otro riesgo que he tomado, uno quizás mucho peor. “Un rehén siempre sirve” solían decir algunos conocidos. Si son policías quizás, siempre he pensado yo, quizás la mínima posibilidad de escape para luego una persecución mayor, pero bueno…por ese lado queda al menos la oportunidad de vivir otro día, de sentir de nuevo este músculo latiendo con la alegría de aún estar allí, a pesar de estar en medio de todo esto.
No hay reloj en el cuarto, pero pueden medirse las horas por el cansancio en el rostro del gordo, lentamente su estado de vigía cede ante la resignación, aunque tampoco es tan tarde como para que amanezca. Según mis cálculos poco después de que amanezca deben llegar los dueños de los locales cercanos, en ese momento, aprovechar los primeros clientes para pasar desapercibido. Así gano otro día y la oportunidad de ver a Alejandra de nuevo. Me siento al lado de la silla, todo esto comienza a cansarme a mí también, no, no mantenerme atento, después de todo, otro día de trabajo.
-Sin embargo no siempre me ha gustado este negocio – El gordo levanta la mirada para observarme mientras hablo, tiembla – Antes, yo pertenecía a ese grupo de los que creen que la honradez y el trabajo le sirve a los pobres, yo era de los que creía que el estudio lo salvaba a uno de todos los males. ¿Por qué me mira así? Hace mucho, cuando terminé el bachillerato y me negaron el cupo para la pública, decidí encerrarme durante mucho en las bibliotecas, me sentía especial en medio de tantas ideas, yo, que era alguien iletrado, pobre y resentido, sin embargo la dicha no duraría mucho.
Por esos días mi madre empeoró de su enfermedad, pasaba casi todos los días en el hospital, yo tenía que cuidarla y por eso no volví a la biblioteca. Además, con la falta de atención hacia mi madre por parte del hospital, me comenzaba a hartar de todo, parecíamos mendigos en ese lugar. En una de esas tardes conocí a una de las enfermeras de turno, una mulata bajita de rostro hermoso y culo prominente, desde la primera vez que la vi me cautivó. Siempre parecía tener el control, me gustaba su tono de voz, pero ya sabe, cuando nos gusta alguien comenzamos a ver cosas que quizás no son o no entendemos. De todas formas sus ojos me parecía que guardaban una melancolía casi insoportable, una esperanza perdida hace mucho tiempo. Con todas las visitas que hacía a mi madre tuve oportunidad
de hablarle en muchas ocasiones, su nombre es Alejandra.
Durante la primera vez que hablamos hubo una conexión especial, su falta de fe y mi creciente resentimiento parecían contrastarse en cada uno de nuestros besos, en cada caricia descendente a través de su ardiente cuerpo, incluso en su aliento fuerte en las silenciosas noches del hospital. Noches donde en un cuarto de servicio nos moríamos de placer con silencios entrecortados, mientras en algún cuarto de al lado alguien moría de verdad con un prolongado suspiro.
Mi alegría por Alejandra parecía mezclarse con mi tristeza por mi madre y sólo me quedaba un sentimiento seco, algo frío que se anidaba en el corazón y me nublaba la vista. Sentía un frenético deseo de buscar a Alejandra, de usarla como escape a tanto dolor. Mis acciones comenzaron a tornarse erráticas, el placer de tenerla cerca se unía a la humillación de no hacer nada por salvar a mi madre y al final terminaba todo el día en el hospital hablando cualquier cosa con mi madre. Otros días recorría las calles sin rumbo fijo, en algunas noches me entregaba a los peores excesos, todo a expensas de mis amigos. No sé por qué le cuento esto, no crea que eso mejora su condición, en este momento no hay ningún sentimiento bueno o útil hacia usted. Quizás sólo deseo contárselo a alguien, a cualquier indefenso, a alguien que no pueda hacer nada el respecto.
Alejandra era la vida en esos días, lo único que mantenía en pie mi ser. Era la única forma de hallar calma en medio de todo eso, en las noches la amaba con violencia, de forma convulsionada, casi histérica, para luego permanecer en largos lapsos inmóvil y frío en sus brazos. Nunca me pregunto nada, nunca me dijo nada de su vida, era una enfermera, mi amante y nada más. En medio de todo eso, una mañana de Octubre, mi madre murió en el hospital sin que yo pudiera llegar a tiempo. Nunca me despedí de Alejandra. No la había vuelto a ver, hasta esta noche
El hombre me mira consternado, sus ojos muy abiertos escrutan mi rostro, se fijan en mi mirada, luego se calma, parpadea un poco y sigue mirándome. Enfurezco.
-No trate de comprender maldito imbécil! – El eco de mi grito resuena por toda la casucha, al igual que el golpe seco que recibe el tipo en su frente con mi arma, cae al piso, sangra. No trate de entender lo que sentí al dejarla así! No trate de pensar que viví hoy cuando la volví a ver, cuando comprendí quién era mi víctima, mi cliente. No trate de imaginar lo que pensó ella cuando no atiné a nada más que a balear a su inepto acompañante, luego la torpeza de intentar besarla, de salir corriendo de allí y toparme con usted en la puerta del restaurante. No intente explicarme, ni hallarle algún sentido que lo consuele, porque ya no importa. – Mis ojos se encuentran llenos de lágrimas, respiró profundamente, el tipo tiembla, deja de mirarme y cierra los ojos, me acerco a él, pero algo me detiene.
Me asomo cautelosamente a la ventana, ruido de motos aproximándose por la otra calle. “uno solo ahora, pero después vendrán otros” pienso enfurecido “nadie, nadie puede hallar una asignación, esa es nuestra única y maldita regla en medio de tanta basura”.
Esperanzado, el infeliz me mira de nuevo.
“Señora, ya han mandado a alguien por mí” – afirmo mientras le apunto en la frente aún sangrante.
-”Puede hablar si quiere, puede gritar si le da la gana, ahora da lo mismo, no lo necesito más”. Después de halar el gatillo, un ruido familiar y alguna vez exquisito inunda la habitación. De repente siento un golpe en mi espalda, un profundo cansancio, frío en mis extremidades y una punzada en el pecho “Así es la vida, supongo” atino a decir en medio de mi propio charco de sangre. Mientras cierro los ojos, una mujer me sonríe.